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Co 1, 18-22
Todo Él es un "sí". En Él,
todas las promesas han pasado a ser realidad. Por Él podemos responder
"Amén" a Dios, quien a todos nosotros nos ha dado fortaleza en Cristo
y nos ha consagrado.
Cristo
dijo sí. María dijo sí. Decir sí a Dios.
Mt
5, 13-16
Que brille la luz de ustedes ante los
hombres, dice el Señor, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den
gloria a su Padre, que está en los cielos.
Que
brille la luz, para eso es la luz, para despejar las tinieblas. Para que brille la luz todo será siempre para gloria de Dios.
Muchas
reflexiones surgen en mi mente con esos versículos. Lo primero es decir sí a
Dios. Él, en su amor infinito dice sí. También María es ejemplo del sí confiado
en el amor y sabiduría de Dios. Cristo, se entrega por amor como oblación
perfecta, en obediencia al Padre – lo que me asegura que el Padre dijo también
sí-. Los grandes santos han dicho sí. Decir amén, decir así sea… Sea, Señor…
Brillar,
recibir la luz… actuar conforme a la luz que infunde el Espíritu del amor, para
que Dios sea glorificado. En otro pasaje, Jesús dice: Que tu mano derecha no sepa lo que hace tu mano izquierda. Nos
invita a la discreción, a la no fanfarronería. Todo es cuestión de la pureza de
intención y humildad. Las obras ¿son por amor y no por satisfacer y alimentar al propio
ego? Dios conoce las intenciones. El ego disminuye, el ego desaparece, la
gloria de Dios es la meta, el fin, el por qué y el cómo. ¿Por qué la veneración
a los santos? Porque son intercesores en el amor de Dios. Pero todo desaparece para
dar cabida a la única fuente de vida, de santidad y de amor y darle por siempre
gloria a Él, a Él todo el honor y la gloria. Amén.
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