A donde me
ha llevado el silencio, y donde supongo
que debe de llevar practicándolo y practicando la meditación, es a tener mayor
claridad para observar los pensamientos que provienen de lo profundo del ser
interior dominado por el ego. Hablo específicamente de estos pensamientos
provenientes del ego que surgen tan sutilmente pero que tienen fuerza como para
inclinar hacia un lado u otro nuestras actitudes, es decir, dirigir nuestras
reacciones. Para descubrirlos, es necesario haber pasado por una etapa de
ejercitación en el silencio interior. Así, en el momento en el que aparecen, se
es capaz de percibirlos, distinguirlos y saber qué hacer con ellos. Muchas
veces, descubrir estos pensamientos egocéntricos, (llámese, presunción,
llámese, celos, llámese comparaciones, prejuicios o juicios a priori
favoreciéndose a sí mismo y
desfavoreciendo al otro) puede llevar al autoreproche, al enojo, a la tristeza
por darse cuenta de que no corresponden a los valores y expectativas que nos
hemos impuesto. Sin embargo, me doy cuenta de que reconocerlos es una gran gracia
de Dios y que significa y me habla del gran amor y compasión que Dios me tiene,
ya que me ha permitido reconocerlos para no darles mayor cabida en mi mente.
¿Cómo los combato? Ciertamente que no autoreprochándome sino reconociendo mi
humanidad imperfecta y que lo Dios
quiere es que tenga paz, que sepa que me ama, y que debatirse creando un
círculo vicioso no me libera. Necesito libertad para poder amar. ¿El remedio?
Descentrarme… Centrar mi ser, mi mente y mi corazón en Cristo y en el amor
tanto a mí como a sus otras creaturas, recitar plegarias tales como: Por su pasión dolorosa, ten misericordia de
nosotros y del mundo entero. Estas
son actitudes que hay que practicar constantemente… orar sin cesar, estar
alertas… El Señor me alerta en la vida del día a día en hechos, sucesos y
circunstancias muy concretas en las que me veo, reconozco mis pensamientos
egocéntricos espontáneos, no me ciclo y mejor me vuelco a Él y a su amor.
El silencio sagrado, silencio de soledad e intimidad con Dios prepara al alma para atender al llamado y a la voz del Verbo Divino. Silencio y Lectio Divina, dos elementos substanciales para la intimidad con Dios sumergiéndose en su Palabra y en su siempre amorosa voluntad. En este blog presento las consideraciones y reflexiones con las que el Señor me nutre y da vida a mi vida. Terapia Divina http://www.amazon.com/dp/B00GOZGX1A
lunes, 30 de noviembre de 2015
martes, 3 de noviembre de 2015
Reflexiones de estos días
La otra noche pude reconocer en mí ciertas sensaciones
corporales, señal de que algunas cosas me estaban alterando y tensionando.
Reconocerlo es una gran gracia de Dios porque me permite descubrir el origen de
lo que me altera. Reconocer que el origen de lo que me alteró fueron
sentimientos de envidia y de soberbia porque, según mi cerrado concepto,
provenían de alguien con quien siento cierta competitividad. Mi reacción
primaria fue posicionarme por encima y alterarme. Pero pensé que no quiero estos
sentimientos ni tampoco enfrascarme en una lucha egocéntrica. Virtudes… ellos
tienen virtudes. Y son creaturas que Tú amas. No hay razón para sentir envidia.
Siempre recuerdo las palabras que dijiste a Pedro cuando le preguntaste acerca
de Juan: ¿Y este qué? Y le respondiste ¿Lo que suceda con éste, a ti qué…? No
puedo, como invitada, ir a sentarme en el lugar principal. Todos somos
convidados. Es esencial sentarme en un lugar discreto, muy discreto y no posicionarme
sobre nadie. Darme cuenta de todo esto ya no me angustia, sino que me abre los
ojos y lo agradezco profundamente.
Otra vivencia que tuve me resultó también muy
ilustrativa y de gran enseñanza. Después del incidente de anoche, hoy por la
mañana tuve la oportunidad de confesarme. Sentí de forma viva y clara cómo la
confesión es un acto de verdadera humildad que abre las puertas al perdón del
Señor rico en misericordia. Alguna vez alguien me dijo que qué era eso de
confesarse con alguien tan pecador o más que uno mismo, que una confesión se
hace sólo ante Dios. He escuchado varias veces este argumento. No es que a mí
me agrade confesarme. Siento frecuentemente que el sacerdote no comprende mis
faltas o que las amplifica o malinterpreta. Pero me di cuenta que no me agrada
que suceda esto porque me pesa el valor de mi imagen a causa de mi ego. Por lo
que percibo que lo importante no es lo que piense el sacerdote de mí, sino la
intención ante Dios y desprenderme del peso del ego humildemente y que eso me
abre verdaderamente al perdón. Me vino esta frase: Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón… la carga se hará
ligera, muy ligera, el peso del ego se aminora, se suaviza. Ciertamente creo
que cargar al ego con la necesidad de una imagen ante otros es una carga que
pesa. ¿Se necesita de imagen? Tú haces la carga ligera, la humildad y la
mansedumbre liberan, liberan del ego, carga que pesa.
Otra vivencia que me conmueve. Al leer el evangelio
sobre las obras de misericordia corporales, pensar en quien padece hambre, sed,
quien no tiene abrigo, en los emigrantes e indocumentados que son los forasteros…
imaginé en ese momento sus rostros, sentí necesidad de ir más allá de sus
rostros, presentir sus profundas necesidades y heridas… Si tan sólo al verlos a
ellos, los que encuentro a mi paso, que no son pocos, te preguntara a Ti: ¿tienes
sed Señor, tienes realmente Tú sed en él? ¿Tienes hambre en ella…? Comprender
esto, eso es lo que quieres expresar al decir: Lo que con ellos hicieron, a mí me lo hicieron… ¿Caridades? Las
hago como una creyente practicante. Pero ¿verte a Ti? Si tan sólo lo recordara,
te viera y te preguntara: ¿Sientes frío, Señor? ¿Te sientes abandonado y solo
en esta prisión? ¿Tú Señor, sientes todo esto en él?, ¿en ella? Se rompería el
hilo que separa entre la limosna y el amor…
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