Capacidad de reflexión discernimiento
La capacidad de reflexión
que puede poseer el ser humano es una gracia. Pasan tantas cosas en la vida que
pueden permitirnos reflexionar. La reflexión puede estar fundamentada en la
verdad o simplemente en la imaginación cuya influencia son patrones aprendidos.
¿Pero cómo sé cuál es la verdad? Me parece que hay una realidad profunda y una
realidad superficial. Una supuesta realidad basada en opiniones. Puede haber en
la persona una conciencia profunda y una conciencia ordinaria y superficial. No
sé si seré capaz de examinar esto. Es algo que percibo en mí y en otros. Puedo
distinguir en mí un actuar y pensar en un nivel ordinario, que reacciona como
se supone que mi yo está enseñado y acostumbrado a reaccionar. Existen ciertos
marcadores de conducta y de pensamiento. Marcadores porque así me fue enseñado,
marcadores de una “educación”, de una serie de creencias, de influencias
externas en el orden social, cultural, político, religioso… Pero me percato a
veces que todo va más allá de esas creencias y de esos hábitos aprendidos. Más
allá de los hábitos que la propia sociedad genera, actualmente incluso, una
sociedad global. Hay algo que va más allá de la mera opinión. La experiencia de
una conciencia profunda que invariablemente me lleva a considerar un todo. No
seres aislados sino un todo. No un ensimismamiento en un mero entorno egocéntrico
sino universal. No soy yo y lo mío sino todos en el Todo. No es regir la vida
bajo los criterios del mundo sino bajo los criterios de lo trascendente, todos
en el Trascendente. Escuchar no de manera vacía sino sumergida en las palabras
y en la empatía de lo que se escucha. Se habla ahora mucho de “mindfulness” cuya
traducción hacen como atención plena. El aprendizaje de vivir y experimentar un
silencio interior abre la conciencia y la lleva a niveles más profundos. Así
nace la empatía. El pensamiento y la reflexión en la empatía es introducirse en
un ámbito de verdad más profunda: el otro. En el ámbito de empatía se incluyen
todos. Ser uno con todos y no de boca sino de corazón y de hechos. Y aquí
radica algo esencial que quiero comprender y vivir. Toda oración, toda
meditación, puede tener dos vertientes: la vertiente egocéntrica en la que me
encierro en mi “experiencia”, mis logros, mis méritos, mi iluminación, mi
santidad, mi desempeño… y la vertiente que
elimina los muros del ego, que trasciende, que crea empatía con los otros, que
se fundamenta en la verdad del amor, en profundos sentimientos de misericordia,
de solidaridad… es algo más profundo, algo que une, una Presencia trascendente
que une y lleva a experimentar la Verdad. Y es importante el discernir o
distinguir las intenciones profundas de acciones, palabras, ¿intenciones en las
que se alimenta al ego, cuyo referente es mi yo, mis opiniones, mis deseos, mis
criterios…? O ¿intenciones libres de las ataduras del ego cuyo centro o
referente es el Otro y en el Otro los otros? Hay Alguien más allá de mí.