lunes, 23 de febrero de 2015

Conmigo lo hicieron… vengan benditos de mi Padre


 
Siempre me aterra la idea de un castigo eterno, como a cualquiera puede causarle terror. Hoy meditaba la Palabra del Señor: La esencia es que lo que se hace al necesitado, a Cristo se le hace. Es tal su empatía, identificación, compenetración y compasión por el que sufre, que el Señor sufre con Él sintiendo el dolor, experimentando el dolor. Si amo, busco ayudar y servir al necesitado, no por autocomplacencia sino por verdadero amor y compasión. Si rechazo, maltrato o ignoro al que sufre, quien quiera que sea, lo estoy haciendo al Señor que ama entrañablemente a ese necesitado y siente con él. La promesa al que ama es la vida eterna. Vida eterna ¿No es eso lo que muchos deseamos… vivir eternamente? ¿No tratamos de alargar nuestra vida en esta tierra? Prolongar nuestra vida… ¿en qué condiciones? ¿No será mejor una vida eterna donde haya paz, nos rodee la luz y estemos envueltos por un amor incondicional? ¿El castigo es la muerte? ¿La separación de ese amor incondicional, su ausencia, irse a un abismo sin vida? La idea del castigo me atemoriza, desearía que nadie padeciera ese castigo, digo entonces al Señor: ¿quién podrá abrirnos los ojos? ¿Habrá alguien que pudiera transmitirnos la fuerza de la necesidad de la compasión y la misericordia? Entonces me doy cuenta que eso es justamente lo que Jesús está intentando hacer con estas palabras del evangelio de hoy, abrirnos los ojos, advertirnos invitándonos a ser misericordiosos para que seamos partícipes gozosos de su amor y testigos presenciales de su gloria.

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