Hoy
el Señor me ha invitado a reflexionar muchas cosas. Justamente el evangelio de
hoy narra la transfiguración del Señor y de forma especial he experimentado la
invitación que Dios hace al afirmar que Cristo es su Hijo amado. Seguido de
esta aseveración, dice: Escúchenlo.
Se escucha cuando la Palabra en tu vida no es hueca ni vacía, sino cuando
adquiere un sentido profundo, concreto e insospechado. Escuchar al Señor me
indujo hoy a pensar en la Resurrección, su resurrección y la nuestra. En la
primera lectura Abraham muestra a Dios su obediencia absoluta a pesar de ser
una entrega tan dolorosa como lo es la ofrenda del hijo amado. Al final Dios
impide que Isaac sea inmolado. Esto me hace ver la confianza total y absoluta
en el amor y misericordia de Dios. ¿Cómo no entregar a Dios la vida, las tareas
cotidianas, el servicio a los hermanos, por más duro y cansado que este sea y a
pesar de la incertidumbre que causan los problemas? Actualmente cuatro
preocupaciones absorben mi mente y me distraen de mi entrega confiada y
amorosa. Pero Abraham es un modelo de obediencia y entrega total al Señor. El
Señor no lo defrauda, el Señor le retribuye con amor prometiéndole una
numerosísima descendencia. En el evangelio, Jesús habla de su resurrección.
Después de padecer viene la gloria de la resurrección.
Ayer
el Señor dice: Si ustedes aman a los que
los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No
hacen eso mismo los publicanos? ...Ustedes, pues, sean perfectos como su Padre
celestial es perfecto.
Hace
unos meses hice una consagración mariana que proponen los padres de la
Inmaculada concepción. En esta consagración se entrega todo a María, toda mi
oración, todo mi trabajo, todos mis desvelos, todo mi cansancio, todo mi
esfuerzo, todo mi ser para que ella lo entregue a su Hijo amado. Ella como
mediadora de gracias. Si realizo una buena acción y hago oración, ella utiliza
mi ofrenda por quien ella conoce que necesita de oraciones y de ofrendas.
Cuando decidí consagrarme no veía todo lo que la entrega implica. Mi vida,
oración y trabajo, todo lo ofrecía por mis seres queridos. ¿Qué mérito tendría
si todo lo hago pensando en ellos? El Señor me pide que escuche, que mi vida
sea ofrendada por quien ni siquiera conozco… Empecé a tener entonces la
sensación de que los míos quedarían desprotegidos. Sé que esto es una tremenda
presunción de mi parte y falta de confianza en el Señor. Los problemas que me
aquejan, a veces me sobrepasan (sobre todo por la actitud angustiosa con la que
los veo). Abraham tuvo la actitud de entregarlo todo. El Señor no lo abandonó.
El Salmo de la misa de hoy me invita a decir: Confiaré en el Señor.
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