16 de marzo 2016
Siguiendo
con las reflexiones que el Señor Jesús me inspira con el texto de Ezequiel (47,
1-9. 12), hoy, sumergida en su Presencia viva en el silencio orante
posterior a la eucaristía, me hizo percatarme de que ese sumergirse es
dejarse inundar por la gracia de su amor, por la fuerza del Amor… hasta los
tobillos, hasta las rodillas, hasta el corazón y hasta la cabeza, es decir, el
ser entero, sin que ninguna roca impida que el torrente fluya. Las rocas que
pueden interferir para que fluya la gracia del Amor son los pensamientos
egocéntricos, sentimientos egocéntricos, presunciones, distracciones y todo
aquello que se interpone e impide el silencio interior en el que el ser entero
se dona y entrega para dejarse anegar por el Amor. Dejar ir, impasiblemente
dejar disolverse estas rocas. Descansar en el Amor, el ego no importa, pierde
su fuerza, ninguna recompensa que alimenta al ego es importante... Él está
presente y lo llena todo. Si me distraigo, humildemente me concentro en mi
respiración que me hace volver a sentirme su criatura pequeña y no exclusiva, se van los pensamientos
y me vuelvo a abandonar a su amor.
Y a fuerza de dejarse inundar por el torrente del
Amor se producirán los frutos del amor, crecerán árboles que cobijen y nadarán
peces y habrá vida en el entorno porque Él lo saneará todo.
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