Ezequiel 47, 1-9.12
En la primera lectura, se habla de agua que mana, un río que corre del lado derecho del templo hacia el oriente, el río corre por todos los lados del templo, moja los tobillos, luego le llega hasta las rodillas y finalmente hasta la cintura. Después, el rio se junta con el mar y sanea las aguas. Y dará muchos frutos... Es un bellísimo simbolismo acerca del torrente de vida que es el amor. Primero podemos sumergirnos poco a poco, en la medida que nos sumergimos más, el torrente va saneando, purificando, para después hacer brotar muchos frutos. El torrente del río es agua viva. El torrente del río es el torrente del amor. Sólo el amor fructifica en más amor, obras consumadas que pregonan, que cristalizan, nutren, humedecen permeando agua viva, fermentan, impulsan, no son ni se quedan pasivas. Sumergirse en el Amor purifica, entrar en sus profundidades es dejarse llevar por la corriente potente del amor. Es vivir con la fuerza del amor, y es tal la fuerza que ya no se ven las cosas a través de un prisma egoísta sino a través del amor y sólo del Amor. Y por eso fructifica, cualquier obra hecha con amor, cualquier acto regido por la comprensión, la entrega servicial y compasiva, la misericordia hecha vida... produce frutos. Es innegable, es imposible detenerla porque la corriente del amor lleva una fuerza vital que sanea y purifica, que alimenta, motiva, fortalece, guía, impulsa, vivifica, se dona, ama, sirve, no escatima...
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