martes, 3 de noviembre de 2015

Reflexiones de estos días

La otra noche pude reconocer en mí ciertas sensaciones corporales, señal de que algunas cosas me estaban alterando y tensionando. Reconocerlo es una gran gracia de Dios porque me permite descubrir el origen de lo que me altera. Reconocer que el origen de lo que me alteró fueron sentimientos de envidia y de soberbia porque, según mi cerrado concepto, provenían de alguien con quien siento cierta competitividad. Mi reacción primaria fue posicionarme por encima y alterarme. Pero pensé que no quiero estos sentimientos ni tampoco enfrascarme en una lucha egocéntrica. Virtudes… ellos tienen virtudes. Y son creaturas que Tú amas. No hay razón para sentir envidia. Siempre recuerdo las palabras que dijiste a Pedro cuando le preguntaste acerca de Juan: ¿Y este qué? Y le respondiste ¿Lo que suceda con éste, a ti qué…? No puedo, como invitada, ir a sentarme en el lugar principal. Todos somos convidados. Es esencial sentarme en un lugar discreto, muy discreto y no posicionarme sobre nadie. Darme cuenta de todo esto ya no me angustia, sino que me abre los ojos y lo agradezco profundamente.

Otra vivencia que tuve me resultó también muy ilustrativa y de gran enseñanza. Después del incidente de anoche, hoy por la mañana tuve la oportunidad de confesarme. Sentí de forma viva y clara cómo la confesión es un acto de verdadera humildad que abre las puertas al perdón del Señor rico en misericordia. Alguna vez alguien me dijo que qué era eso de confesarse con alguien tan pecador o más que uno mismo, que una confesión se hace sólo ante Dios. He escuchado varias veces este argumento. No es que a mí me agrade confesarme. Siento frecuentemente que el sacerdote no comprende mis faltas o que las amplifica o malinterpreta. Pero me di cuenta que no me agrada que suceda esto porque me pesa el valor de mi imagen a causa de mi ego. Por lo que percibo que lo importante no es lo que piense el sacerdote de mí, sino la intención ante Dios y desprenderme del peso del ego humildemente y que eso me abre verdaderamente al perdón. Me vino esta frase: Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón… la carga se hará ligera, muy ligera, el peso del ego se aminora, se suaviza. Ciertamente creo que cargar al ego con la necesidad de una imagen ante otros es una carga que pesa. ¿Se necesita de imagen? Tú haces la carga ligera, la humildad y la mansedumbre liberan, liberan del ego, carga que pesa.


Otra vivencia que me conmueve. Al leer el evangelio sobre las obras de misericordia corporales, pensar en quien padece hambre, sed, quien no tiene abrigo, en los emigrantes e indocumentados que son los forasteros… imaginé en ese momento sus rostros, sentí necesidad de ir más allá de sus rostros, presentir sus profundas necesidades y heridas… Si tan sólo al verlos a ellos, los que encuentro a mi paso, que no son pocos, te preguntara a Ti: ¿tienes sed Señor, tienes realmente Tú sed en él? ¿Tienes hambre en ella…? Comprender esto, eso es lo que quieres expresar al decir: Lo que con ellos hicieron, a mí me lo hicieron… ¿Caridades? Las hago como una creyente practicante. Pero ¿verte a Ti? Si tan sólo lo recordara, te viera y te preguntara: ¿Sientes frío, Señor? ¿Te sientes abandonado y solo en esta prisión? ¿Tú Señor, sientes todo esto en él?, ¿en ella? Se rompería el hilo que separa entre la limosna y el amor…

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