martes, 14 de julio de 2015

El Señor jamás desoye al pobre ni olvida al encadenado

Éx2, 1-5
Es una bella historia la de Moisés. Me sorprende, entre otras cosas, la actitud de la hija del Faraón. Sabiendo que su padre había mandado aniquilar a los niños varones hebreos, ella encuentra a Moisés, pequeño e indefenso y lo adopta. Es un gesto que me llama particularmente la atención. ¿Qué sentimientos generó en ella este niño indefenso que además, ella sabía qué era hebreo? Permite que sea amamantado por “una nodriza hebrea” que en realidad era su propia madre.
Posteriormente, cuando Moisés crece, visita a sus hermanos  y se da cuenta cómo son tratados y les son impuestos trabajos penosos. Después Moisés mira cómo un egipcio maltrata a uno de sus hermanos hebreos y decide matar a este egipcio y luego esconderlo en la arena.

En estos pasajes, puedo observar las actitudes de los personajes. La compasión, la búsqueda de una justicia, el coraje, la ira, el miedo… Y por otro lado, siempre la actitud de Dios que conoce a su creatura pero le pide la conversión. Todos erramos. Dios desea que volvamos a Él. Por eso el salmista dice: Quienes buscan a Dios tendrán más ánimo, porque el Señor jamás desoye al pobre, ni olvida al que se encuentra encadenado. Las cadenas pueden ser puestas por un opresor, o por uno mismo. Pero Dios nos invita a buscarle. Hay muchos casos en el Libro Sagrado en donde se presentan personajes justos, personajes con proceder  equívoco, a veces violento, y después ser hombres cercanos a Dios. Eso es lo que pide Jesús a los habitantes de Corazaín, de Betsaida y de Cafarnaúm. Debieron creer por lo que presenciaron y probablemente por los milagros de los que ellos mismos fueron objeto. El que ha tenido todo para creer y se resiste a creer, será juzgado de forma rigurosa. No es el deseo de Dios, es la consecuencia de la soberbia.

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