3 de enero del 2015
1Juan: 2, 29-3, 6
Hoy el Señor me invita a
reflexionar sobre cosas que no había yo comprendido. A partir de su Palabra y a
través de la sagrada comunión o alimento eucarístico. Su Palabra, hoy me dice a
través del apóstol san Juan:
Queridos hijos: Si ustedes saben que Dios es santo, tienen que
reconocer que todo el que practica la santidad ha nacido de Dios. Miren cuánto
amor nos ha tenido el Padre, pues no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que
lo somos. Si el mundo no nos reconoce, es porque tampoco lo ha reconocido a Él.
Hermanos míos, ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado cómo
seremos al fin. Y ya sabemos que, cuando Él se manifieste, vamos a ser
semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es. Y todo el que tiene puesta en
El esta esperanza, procura ser santo, como Jesucristo es santo.
El
llamado a la santidad… que muchas veces he descartado de mí por suponer que
pensar en yo ser santa es una presunción. Sé que he malinterpretado el sentido
de la santidad porque por mucho tiempo he pensado que es verme en los altares
junto a los santos de Dios y verme venerada como tal, lo cual es pura presunción
egocéntrica. Sé que no es así, naturalmente que eso no es santidad sino una
gran tentación. Hoy el Señor me aclara a través de la 1ª. carta de san Juan:
Tratar de ser santa es tratar de ser como Jesús. Y la reflexión es no limitarme
a mi oración de silencio y a ofrendar con palabras y promesas mi vida. No
encerrarme en un momento agradable de meditación en el que ofrezco el mérito,
como dicen los budistas. Esto es muy limitado e incluso puede caer en lo
egocéntrico y esto es justamente lo que no es santidad. Ser como Jesús implica
reconocer y profundizar en sus actos misericordiosos. No quedarse en la actitud
sino en los hechos. El cristiano debe ir a los hechos. No quedarse en palabras
y en sensaciones sino ir de las actitudes compasivas a los hechos misericordiosos.
No es verme en un espejo y sentir que mi semblante es de una persona buena y
luego reprocharme tal presunción. Esto son más tentaciones que intentan
confundirme.
Por
otro lado, mi conciencia cada vez más clara acerca de lo que representa la
Eucaristía, me permitió comprender que el corazón vivo de Jesús, late junto al
mío cuando comulgo para hacer circular su preciosa sangre en mí y en cada fiel comulgante, es decir su
gracia. Igual que circula la savia en una planta para permitir que surjan los
frutos… Yo soy tierra, hecha de barro, el abono es la fe, la humildad, la
conciencia… y la savia es la gracia del corazón vivo de Jesús que late y hace circular
la gracia de su amor para generar los frutos. Me postro ante la Presencia viva del
corazón de Jesús que late dentro de aquel que le recibe en fe, en conciencia, en
humildad y se deja inundar por la gracia de su amor y nos convierte en su santuario
para derramar su amor.
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