Reyes 19, 9a. 11-16
El Señor le dijo: "Sal y ponte de pie en el monte ante el Señor. ¡El
Señor va a pasar!"
Vino un huracán tan violento que descuajaba los montes y hacía trizas
las peñas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento.
Después del viento, vino un terremoto; pero el Señor no estaba en el
terremoto. Después del terremoto, vino un fuego; pero el Señor no estaba
en el fuego.
Después del fuego, se oyó una brisa tenue; al sentirla, Elías se tapó el
rostro con el manto, salió afuera y se puso en pie a la entrada de la
cueva.
Como brisa suave... tenue...
Señor, qué importante es que yo comprenda esto. Me sugieres con estas palabras que Tú estás en la serenidad, que se te puede adivinar o presentir en algo tan dulce y agradable como lo es la brisa suave. Que cuando hay revuelo en mi alma como un viento huracanado no puedo alcanzar ni siquiera a vislumbrarte. Que muchas veces, cuando pierdo la paz me debato en angustias y tormentas. Que puedo buscarte, hacer de lado los pensamientos que se mueven como torbellinos, remueven todo en mí y alejan mi mirada de esa paz que Tú generas. Que la certeza de tu amor y tu mirada siempre tierna y protectora me acaricia como esa brisa suave.
Ciertamente mi conciencia me permite observar cada vez con mayor claridad estos pensamientos que alteran mi paz y mi equilibrio, que puedo saber de dónde provienen y por qué se presentan. Sin duda, soy más capaz de alejarme de ellos y no dejarme perturbar. Pero hoy te haces presente como la brisa suave que acompaña, toca y serena. En ella es más fácil escucharte.
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