No quiero perderme en la vorágine de eventos y exigencias en esta etapa de mi vida. No quiero separar mi vida espiritual de mi vida ordinaria como si fueran dos vidas paralelas que nunca se entrecruzan. Mi vida es una sola y debe tener continuidad y congruencia. Lo que me dice el Señor en mis momentos de silencio y oración es guía para mi vida en el día a día, y en cada circunstancia y tarea debe brillar su luz en mi actuar, en mi descanso y en todo momento. Jesús es el Hijo de Dios vivo, reveló el Padre a Pedro. Justamente aparecen estas palabras cuando mi entorno y mi mente flaquan, no en cuanto a quién es el Señor sino en cuánto a qué fue lo que dijo exactamente Jesús. Hijo de Dios vivo, esta certeza me reafirma en su divinidad, su misericordia y su filiación como Hijo de Dios vivo y verdadero.
El otro día vi una película de arte llamada Bosques, en la que se presentan secuencias de la naturaleza, de los bosques, del cielo, del amanecer y del ocaso con toda su belleza y esplendor tal que nunca podrán describirse. Estas imágenes me hicieron reflexionar en la profunda bondad de Dios y en lo incomprensible que me resulta creer en Él como Dios justiciero, vengativo o presto al castigo en el fuego del infierno.
El infierno, dice en el Catecismo de la Iglesia Católica: Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor
misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por
nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la
comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra
"infierno". La pena principal del infierno consiste en la
separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la
felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira. Dios no predestina a nadie a ir al infierno (cf DS 397; 1567); para
que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal), y
persistir en él hasta el final. En la liturgia eucarística y en las plegarias
diarias de los fieles, la Iglesia implora la misericordia de Dios, que "quiere
que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión" (2 P 3, 9).
¿Qué puedo pensar, Señor, más que que no te conocen y al no conocerte en realidad, no saben lo que hacen. Abrir la conciencia... que te conozcan todos, Dios-Verdad-Misericordia-Amor.
El Señor me sugiere: Dame a conocer... Haz lo que Tú puedas para que otros me conozcan. Vive de acuerdo a la luz de mi amor y mi Palabra... como Tú puedas, hazlo, escribe... ama...
Otra reflexión importante para sostener mi fe es que las palabras del Señor en el Antiguo y en el Nuevo Testamento no debo sacarlas de contexto. Tener en cuenta a quién se dirigen, en qué moemento y ante qué circunstancia, y a final de cuentas cuál es su esencia e intención sin perder nunca de vista su amor y su bondad. Escribas y fariseos...hipócritas. ¡Cuanto no habrá visto el Señor de la actitud de estos hombres! Sé que si lo dijo es que tenía razón y no podía callar. El Señor es Verdad y habla con la verdad. ¡Cuántos abusos no habrá visto y ve! Ábrenos los ojos, Señor... Te imploro. Y ayúdanos a ser testigos fieles de tu amor para que el mundo crea.
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