Del evangelio del Domingo
23 de agosto del 2015
Juan 6, 69
Nosotros creemos y sabemos que Tú eres
el Santo de Dios.
Digo
que creo…
Reflexionaba
cómo mi mente está muy a menudo volcada hacia el exterior y menos hacia el interior.
Quizá esto es normal. Pero es necesario volverse al propio interior, mi ser
íntimo y buscarte. Aún en momentos supuestos de interiorización, la mente está
dirigida al exterior. Hoy me di cuenta de eso porque hubo una circunstancia y
actitud de una persona que desató enojo en mí. Interpreté como descuido, falta
de consideración, hacerme a trabajar más por una decisión de alguien, que
afectó y alteró mi momento y disposición a hacer otra cosa. Trabajando ya de
mala gana en corregir lo que suscitó la torpeza de esa persona, me percaté que
lo que me hacía falta en ese momento era girar mi mirada, no al hecho ni a la
torpeza de la persona (que además lo hizo sin intención de molestarme), sino a
tu presencia viva, Señor. Traer a mi
mente y corazón tu rostro y mi interior consciente hacia tu viva Presencia, me
hizo cambiar instantáneamente mi actitud. No puedo perderte. No puedo dejar que
predominen mis interpretaciones, ni mis impulsos. Me di cuenta cómo puedo decir
una cosa en cuanto a lo que creo, pero que mis impulsos y mi distracción me
llevan a reaccionar de otra manera no tan acorde a lo que digo que creo. Pero
si traigo tu viva presencia y tu rostro, no como un simple decir creer, sino
como alguien vivo y presente, mi visión cambia automáticamente y sé que la
actitud necesaria es el amor, la aceptación, la comprensión y la paciencia.
¿Permitir que mi mente se deje llevar por la corriente de mis impulsos y de algunos
sucesos? ¿U orientar mi ser entero hacia la realidad de tu existencia y viva
Presencia llena de amor?
Oro
en silencio, y luego me percato de que mi mente se distrae en pensamientos
conectados con el exterior, o en relación a mi yo. Después de comulgar me quedo
en silencio, permanezco consciente de que ahí estás Tú. Puedo distraerme con
mis propias reflexiones conectadas con el exterior, mi mente viaja en el
espacio y en el tiempo, siendo que en ese aquí y ahora sólo cuentas Tú. Y me
vienen a la cabeza tus palabras: Martha,
Martha, tú te preocupas de muchas cosas, siendo que una sola es la más
importante… Así veo mi mente cuando se dispersa en el tiempo y el espacio,
preocupada por tantas cosas. Y recuerdo a María, sentada contemplándote.
Entonces aquieto mi mente, respiro consciente de tu Presencia y mi alma puede
sentarse a contemplarte como María, sin nada más que tu bendita Presencia.
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