Juan 15, 9-16
Permanecer... nuevamente llama mi atenciòn esta palabra... parmaneces Tú en mí y yo permanezco en Ti. Esa es la razón por la cual cuando recibo el pan eucarístico y descanso en Ti, oro en Ti consciente de tu viva presencia, experimento una sensación de paz que Tú proporcionas. Mi mente busca concentrarse en Ti, percibe claramente cuando está fuera, distraída y cuando puede franquear esa barrera que me conecta con lo exterior y me desconecta de Ti. Eventos externos y también pensamientos y distracciones internas referentes a todo, pero no al momento exclusivo de tu Presencia. Permanecer... quien come de tu carne... Pan eucarístico tendrá vida eterna... tiene vida eterna... Permanencia en Ti... eternidad en yuxtaposición con lo impermanente, lo que no permanece. Por eso en tu Presencia excluyendo los estímulos externos y los distractores internos... pareciera que el tiempo no transcurre sino que permanece, como la eternidad. Permanencia, permanencer yo en Ti y Tú en mí... permanecer en aquel que te busca, permanecer en el que come tu Carne que es tu corazón vivo manantial de tu amor y tu misericordia, que une, que nutre, que transforma. Transubstaciación del pan y el vino en tu Cuerpo y tu Sangre y que opera después por tu gracia en quien te recibe, transformación en quien cree y permanece, recepción de tu gracia que fluye en el ser.
¿Cómo permanecer? ¿Cómo conservar en mí conciencia la memoria de tu Presencia y tu permanencia en mí en todo momento? ¿Cómo recordar tu permanente amor? Repetir tu nombre, presentir tu rostro luminoso lleno de ternura y misericordia, mirar la profundidad del cielo y saber que no acaba todo en esta vida ni en lo material y terreno, entregar, servir sin escatimar con la mirada puesta en ese rostro luminoso que conforta, que fortalece, que permite dimensionar las cosas en su justa medida, poniendo a los caprichos y necesidades del ego en su lugar. Confiar permanentemente en tu amor... y el Viñador hará producir los frutos si permanecemos verdaderamente en tu amor.
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