La barca, hoy me imaginé en una
barca bregando por el océano de las profundidades de mi ser. Me vi y reflexioné
que para llegar a mi destino no debo permitir que nada me desvíe. ¿A quién
busco? ¿Cuál es mi destino? Una sola dirección, una sola meta… Mi fin que es el
Alfa y el Omega. En la intimidad y profundidad de mi ser, que es como un océano,
las imágenes y deseos de mi subconsciente intentan proteger y alimentar mi ego,
visualicé pensamientos que aparecen como si fueran basuras. Son pensamientos
que me distraen del Alfa y el Omega. Me desvían de la meta que es Dios, mi fin
último y mi meta, la morada eterna que me espera y espera a cada uno.
Otra reflexión que el Señor me
sugirió desde ayer noche, fue percibir y creer en la filiación real de Cristo
al Padre Dios eterno. ¿Quién sino Él puede darnos a conocer a ese Padre Dios
eterno, omnisciente y omnipresente? No hay mejor descripción que la que Jesús
hace en la parábola del Hijo pródigo. El Padre me conmueve. ¡Cómo imaginar
tanto amor de quien es Todopoderoso! Hoy el evangelio dice: “Yo les
aseguro que ustedes no me andan buscando por haber visto signos, sino por haber
comido de aquellos panes hasta saciarse. No trabajen por ese alimento que se
acaba, sino por el alimento que dura para la vida eterna y que les dará el Hijo
del hombre; porque a éste, el Padre Dios lo ha marcado con su sello”. Cristo es
uno con el Padre, nadie conoce al Padre sino el Hijo…
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