Me pesa no poder escribir a diario como antes lo hacía. Pero el Señor no deja de sugerirme e invitarme a hacer vida su Palabra. Ese es el cimiento, la roca firme que sostiene mi casa, si no la tengo presente no puedo ponerla en práctica y "mi casa" se desmorona.
Hace un rato comprendí de forma más clara lo que es ser administrador de los bienes de un propietario. Percibí cómo los bienes que "poseo", ya sea de orden material o espiritual, ¡no son míos! La reflexión se generó, porque como muchas otras veces, algunos sacerdotes tienen diferencias para conmigo como si fuera yo especial. No saben cómo entro en lucha. Generalmente me debato para no caer en la tentación de la soberbia o la presunción, pero al debatirme, estoy de cualquier manera centrada en mi ego. Deseo no centrarme en él. Cuando asisto a la celebración eucarística me pregunto ¿A qué vine? A pedir humildemente perdón a Dios por mis faltas que cada vez reconozco mejor. Pedirle su piedad para con todos. Darle gloria, escuchar su Palabra nutrirme de ella para poder encarnarla o enraizarla en todo mi ser y hacerla vida después. Darle gracias por todo lo que nos da. Entregar al Padre nuestro trabajo humano y la Ofrenda del Cordero, del Hijo amado que se entrega voluntariamente con amor para el perdón de los pecados. Unir mi pequeñísima ofrenda... mi ser entero aunque diminuto y frágil. Comulgar... recibirle con la certeza de que es Él, vivo y verdadero, que me une a Él pero también me une con todos en un abrazo de amor y misericordia y quiere que abra mi mente y corazón a Él y a los demás y me considere por su amor unida a ellos, verdadero sentido de la celebración. Albergarle, hacer de mí su casa, su santuario, que su Presencia lo inunde todo y pueda servirle a Él y al prójimo. Me sumerjo, me hago consciente... El Señor nos pide abrir el corazón hacia los hermanos, que son todos. Por eso no quiero debatirme porque debatirme me encierra en mí misma. Quiero disolver el ego y franquear sus fronteras. Cuando me percibo en estado de lucha sé que es una tentanción más. Entonces, me silencio serenamente, me abandono. Espero que el Amor me silencie y abra mi corazón...
Mateo: 9, 27-31
Cuando Jesús salía de Cafarnaúm, lo siguieron dos ciegos, que gritaban:
"¡Hijo de David, compadécete de nosotros!" Al entrar Jesús en la casa,
se le acercaron los ciegos y Jesús les preguntó: "¿Creen que puedo
hacerlo?" Ellos le contestaron: "Sí, Señor". Entonces les tocó los ojos,
diciendo: "Que se haga en ustedes conforme a su fe". Y se les abrieron
los ojos.
Al entrar Jesús en la casa... Jesús entra en mí al comulgar. Mi visión de su Presencia y su Amor ha estado muy limitada. Sé que aún muchos no vemos. Yo le digo: ¡Compadécete de nosotros! Él dice: ¿Creen que puedo hacerlo? Digo Sí. Y Él responde: Que se haga en ustedes conforme a su fe. Señor que veamos para incrementar nuestra fe. ¿Es primero la fe o la vista? De cualquier forma Señor, sé que sientes compasión por nosotros... Ayúdanos a ver que nos buscas, ayúdanos a abrir nuestro corazón a la compasión y verte a Ti en los demás y albergarte en nuestra casa. Ayúdanos a eliminar las fronteras del ego que nos separan de Ti y los demás.
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