Filipenses 2, 1-4
Si alguna fuerza tiene una advertencia en nombre de Cristo, si de algo
sirve una exhortación nacida del amor, si nos une el mismo Espíritu y si
ustedes me profesan un afecto entrañable, llénenme de alegría teniendo
todos una misma manera de pensar, un mismo amor, unas mismas
aspiraciones y una sola alma. Nada hagan por espíritu de rivalidad ni
presunción; antes bien, por humildad, cada uno considere a los demás
como superiores a sí mismo y no busque su propio interés, sino el del
prójimo.
Me descubro a menudo ansiosa. Sé que es enormemente
porque ando con la sensación de tener que hacer muchas y querer hacer otras muchas.
Me he puesto a pensar qué es lo que deseo y busco. Sigo un camino con el que intento
seguir a Jesús, acercarme a Él y llevar a mi vida sus palabras para ponerlas en
práctica en cada hecho y situación concretos. Por el otro lado, me gusta leer libros
de autores budistas porque tienen mucha sabiduría y ofrecen prácticas concretas
para disolver el ego. En un camino, se me invita a lograr la santidad, en el otro a alcanzar la iluminación. Pero sentía estas dos metas,
como una enorme pretensión de mi parte. Ahora me doy cuenta del equívoco. ¿La santidad
o la iluminación para alimentar a mi ego? Esto es presuntuoso, así lo veo en
verdad. ¿Qué busco, qué desearía con toda honestidad? Busco paz, alcanzar serenidad…
Ahora que he estado leyendo día a día las reflexiones sobre la Consagración mariana, me doy cuenta de muchas
cosas. La santidad consiste en realidad en morir al ego. María es la llena de gracia, no
hay ego que corrompa sus acciones. Es humilde –He aquí a la esclava del Señor-. Es sencilla –conservaba todas estas cosas en su corazón-. Es servicial –Salió presurosa a ayudar a su pariente Isabel
que estaba encinta…-. Es generosa y receptiva –Hagan lo que Él les diga, dijo cuando en las bodas de Caná vio que faltaba
el vino. Es obediente a la voluntad de Dios, a pesar de la espada que atravesaría su corazón. Es maternal, se dio por completo
a su Hijo, le prodigó cariño y comprendió su misión. Es amorosa, universal y abierta,
asumió su tarea maternal de estar con nosotros y amarnos. Es la bienaventurada y
llena de gracia en todo momento, desde su concepción y por siempre.
Morir al ego… entregar todo a Jesús a través de María,
significa desapropiarse, desapegarse, es seguir su ejemplo, confiar en su amor maternal,
su naturaleza de sabiduría y prontitud para amparar y auxiliar al desamparado porque
la llena de gracia está unida al Espíritu Santo, a Cristo y al Señor, Creador del
universo y Padre celestial. Por eso… entregarle todo. ¿Hay mérito en mis acciones?
No lo sé… entregar todo… desapropiarme para morir al ego. Hacer todo y entregar todo sin espíritu de presunción, considerar a los demás como superiores a mí misma.
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