Muchas cosas suceden en la vida de los seres humanos. En todas las vidas, y cada vida es una historia rica en experiencias. Los seres humanos somos similares sin importar razas, culturas, creencias religiosas... Todos todos estamos conformados por una misma naturaleza humana con todo y sus limitaciones y también con una esencia básica original de bondad con la que Dios nos creó.
Hoy dice en el Salmo 138:
Tú me conoces, Señor, profundamente: tú conoces cuándo me siento y me
levanto, desde lejos sabes mis pensamientos, tú observas mi camino y mi
descanso, todas mis sendas te son familiares.
Esta es una realidad, el Señor conoce los pensamientos de cada uno. Él tiene conocimiento perfecto de su creatura.Y pensaba que ciertamente Dios conoce todo pensamiento que pasa por nuestra mente, pero también conoce las intenciones del corazón. Es decir, las intenciones profundas de su creatura racional, el ser humano. Los pensamientos son procesos mentales. Los hay voluntarios, racionales y conscientes. También los hay inconscientes, espontáneos, automáticos y frecuentemente irracionales. Sólo surgen. Ahora que estoy en este camino de búsqueda de silencio interior y contemplación, descubro pensamientos que surgen de forma espontanea o cruzan por mi mente de forma fugaz. Con la práctica del silencio, el Señor nos da la capacidad de vernos a profundidad y con mayor claridad. Estos pensamientos de los que hablo no son voluntarios, sólo surgen, como ya dije. Antes me asustaba por lo disparatado de algunos de estos pensamientos o porque algunos eran francamente egoístas o faltos de compasión, llenos de intolerancia y aversión. Los sentía repulsivos. Entraba en lucha. Ahora me doy cuenta de que sólo surgen y que así como surgen, los dejo ir ignorándolos porque no son voluntarios, yo no los quiero. El Señor no me juzga por ellos pues conoce que no llevan una mala intención pues son completamente involuntarios. Puedo darles cabida o no, no dejar que se conviertan en veneno. Surgen porque son parte de mi naturaleza humana. El primer punto esencial es reconocerlos. El segundo punto es soltarlos, no amarrarse, no perder la paz por ellos. Mantener la ecuanimidad o impasibilidad. Reconocer que son parte de la condición humana de cualquier persona de cualquier raza, cultura y creencia religiosa. Y repetir: ecuanimidad, desapego y misericordia. Desapego de mi ego y mucha misericordia como la que muestra el Señor para con todos. El Señor es mi Pastor. Hágase su voluntad llena de amor y bondad, creer y escuchar sus palabras, ver los prodigios de sus obras.
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