Job 19, 21-27
"Ojalá que mis palabras se escribieran; ojalá que se grabaran en láminas
de bronce o con punzón de hierro se esculpieran en la roca para siempre.
Yo sé bien que mi defensor está vivo y que al final se levantará a favor del humillado; de nuevo me revestiré de mi piel y con mi carne veré a mi Dios; yo mismo lo veré y no otro, mis propios ojos lo contemplarán. Ésta es la firme esperanza que tengo".
Yo sé bien que mi defensor está vivo y que al final se levantará a favor del humillado; de nuevo me revestiré de mi piel y con mi carne veré a mi Dios; yo mismo lo veré y no otro, mis propios ojos lo contemplarán. Ésta es la firme esperanza que tengo".
Ciertamente sus palabras se escribieron para siempre hasta poderlas leer o escuchar nosotros y otras generaciones futuras. Esto me impresiona. Ciertamente el Señor no lo abandonó. Esto me conmueve.
En mi vida tengo dos espinas clavadas que me duelen y el Señor lo sabe, aún lloro por ellas. Pero confío en su amor y su bondad. Repetirme esto una y otra vez, sobre todo cuando se me hacen presentes por alguna razón, vuelvo a repetir: Señor, confío en tu amor y tu bondad, confío en tu sabiduría, omnipotencia y en tu misericordia. Sí, confío en tu amor y tu bondad.
Hoy ruego a Dios que los ángeles custodios nos guíen y acerquen a Jesús cada vez más, confiando plenamente en su amor y su bondad.
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