Lucas: 12, 39-48
Dichoso ese siervo, si el amo, a su llegada, lo encuentra cumpliendo con su deber.
Espero poder expresar los regalos continuos que recibo del Señor.
Ayer hablaba de la dicha que debe experimentar el cristiano y la angustia y la tristeza que se generan por no confiar totalmente en el amor y bondad de Dios hasta experimentar el abandonarse en Él con la confianza de un niño en brazos de su madre o su padre y saber que es Padre para todos y que a todos ama con perfecto amor. Y hoy me doy cuenta que otra de las cosas que nubla y obstaculiza que la dicha impere y domine mi corazón, es que ahora que tengo mayor conciencia de mis pensamientos espontaneos, aquellos que surgen o cruzan por mi mente y de los que antes no era consciente. Me doy cuenta de la gran cantidad de pensamientos presuntuosos y al percartarme de mi gran imperfección, solía ponerme triste. Pero esto es como no aceptar lo imperfecta que soy, y este es el otro obstáculo. Si acepto toda esa imperfección sé que Dios me mira con ternura. La soberbia y la presunción son una barrera. El muro de la presunción se desvanece y puedo dejar entrar a Dios en mí al reconocer mi pequeñez y reconocer su amor perfecto e incondicional. Es como regresar a la casa del padre y saber que el Padre está a la espera de que esos muros de presunción se derrumben para poder ir a abrazar a su hijo pródigo. La dicha es posible cuando se confía en su amor y se reconoce la pequeñez y la imperfección, y en la humildad, se cumple con las tareas confiadas por el Señor.
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