Yo curaré sus extravíos, los amaré sin que lo merezcan, mi cólera se apartará de ellos. Seré rocío para Israel, florecerá como azucena, arraigará como un álamo.
¿Cómo podría yo expresar y describir todo lo que el Señor me ha sugerido con su Palabra en todos estos días? En el profeta Oseas hay palabras muy duras pero también palabras de inmenso amor. Tu becerro es repulsivo y mi ira arde contra él (Oseas 8, 4-7). Y más adelante dice en el autor sagrado: Siembren justicia y cosecharán misericordia; preparen sus tierras para la siembra, pues ya es tiempo de buscar al Señor, para que venga y llueva la salvación sobre ustedes. ..."Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo, dice el Señor. Pero mientras más lo llamaba, más se alejaba de mí: ofrecía sacrificios a los dioses falsos y quemaba ofrendas a los ídolos. Yo fui quien enseñó a andar a Efraín, yo quien lo llevaba en brazos; pero no comprendieron que yo cuidaba de ellos. Yo los atraía hacia mí con los lazos del cariño, con las cadenas del amor. Yo fui para ellos como un padre, que estrecha a su creatura y se inclina hacia ella para darle de comer. Mi corazón se conmueve dentro de mí y se inflama toda mi compasión. No cederé al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraín, pues yo soy Dios y no hombre, yo soy el Santo que vive en Ti y no el enemigo a la puerta.
El amor de Dios por su creatura es infinito. Uno puede no comprender la magnitud de ese amor. Podemos emitir un juicio sobre Dios completamente alejado de la realidad. El amor de Dios es tan grande que a pesar de todas las caídas y alejamientos del hombre, Dios siempre está ahí, tan presto para perdonar. Todo ser humano pasa por un éxodo en su vida a través del cual se aleja, reniega, vuelve, y luego nuevamente se aleja. Pero la mayor prueba de su amor es que a pesar de todo eso que Él ya conoce de antemano, aún así, se entrega en su Hijo por la redención del mundo. No me queda más que postrarme ante este grande amor.
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