Mateo 13, 9
El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos, que oiga.
Que la semilla sembrada por el Sembrador fructifique. Al escuchar esta palabra me nace pedir que la semilla fructifique en mí. Pero me doy cuenta que mi oración de petición es individualista, es egocéntrica porque pido para mí... ¡Perdón... pido perdón! Señor, que la semilla de tu Palabra, por medio de las obras y la oración, germine y fructifique en cada cristiano, en todo cristiano, en todo aquel que se diga seguidor tuyo, para que fructificando, tu amor fermente y se expanda por toda la tierra y el Reino de los cielos se extienda. Me duele que la gente se aleje de tu Iglesia. Pero si tu Palabra fructifica por el amor, la gente creerá de nuevo.
Hace un momento, también una persona querida se acercó a mí con una gran amabilidad que yo aprecio mucho. Me invitó a hacer una oración ante el Santísimo Sacramento o donde pueda hacerla. Lo que me llama la atención es que al invitarme me hizo hincapié en que tratara de orarla frente al Santísimo porque se siente muy bonito. Yo le agradezco mucho esta invitación. Lo que llama mi atención es cómo muchas veces los cristianos (y lo digo con respeto y no lo digo sólo por ella) buscamos a Dios para sentir bonito. ¡Cómo es importante diluir el ego y hermanarnos con toda la familia humana! Señor, Tú nos enseñas, es por todos... creer en Ti no es para alimentar el individualismo sino la universalidad. Esto es ser católico, es decir universal.
Otra de las grandes enseñanzas del Señor el día de hoy fue sobre estas palabras dirigidas al profeta Jeremías:
Te nombré profeta de los gentiles. Yo repuse: ¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho.
El Señor me contestó: No digas «soy un muchacho» , que adonde yo te envíe, irás, y lo que yo te mande, lo dirás.
El Señor me contestó: No digas «soy un muchacho» , que adonde yo te envíe, irás, y lo que yo te mande, lo dirás.
¿Por qué me dicen mucho estas palabras? Siento que el Señor me dice que no tenga miedo y que hable todo lo que Él me dicta en mi vida con la mayor claridad y honestidad.
Hoy, me acerqué a una señora muy humilde que está viviendo una situación muy difícil. Ella ya es mayor y aún así cuida de su mamá que ya tiene más de 105 años. La cuida sola, la mueve, la sienta, la alimenta... y se gana la vida lavando ropa ajena. A menudo platicamos. Me despido de ella como siempre, me da un beso en la mejilla. El Señor me abre los ojos en el momento en que mi impulso es limpiarme la saliva dejada por su beso en mi mejilla... Diluir el ego... ¿Hablas con ella por consolarla y comprender profundamente su dolor? o ¿por sentirte buena? Diluye el ego. Baja los muros que te separan de los otros.
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