Mateo 13, 47-53
Jesús dijo
a la multitud “El Reino de los cielos se parece también a la red que los
pescadores echan en el mar y recoge toda clase de peces. Cuando se llena la
red, los pescadores la sacan a la playa y se sientan a escoger los pescados;
ponen los buenos en canastos y tiran los malos. Lo mismo sucederá al final de
los tiempos: vendrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los
arrojarán al horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación”.
Señor, cuando leo o escucho tus palabras, no me
puedo quedar con una idea superficial de lo que dicen ni con lo que muchos han podido
interpretar o creer. Me debo dejar guiar por tu Espíritu en mi corazón y esta
guía siempre está fundamentada en el amor y sólo en el amor. Me siento
atemorizada y horrorizada cuando leo o escucho hablar del fuego eterno y el
llanto y la desesperación. La desesperación es un sentimiento de impotencia y
de dolor, de no poder hacer nada ante algo terriblemente doloroso. Por otro
lado, percibo en las palabras del Señor, su deseo de proteger a quienes han
sufrido victimización, violencia, abuso, explotación y toda clase de maltrato. Y
su aseveración certera de acabar con el sufrimiento y experimentar el gozo de la
gloria de Dios por siempre para todos aquellos que fueron víctimas.
…llanto y
desesperación… ¡Despierten! Arrepiéntanse
y crean en el evangelio… Están aún a tiempo...
En la parábola del pobre Lázaro y el rico Epulón dice
el rico: “Padre Abraham, ten compasión de
mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi
lengua, porque estoy atormentado en esta llama”. Pero Abraham le dijo: “Hijo,
recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus
males; ahora pues, él es consolado aquí y tú atormentado. Y además, entre
nosotros y ustedes se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran
pasar de aquí a ustedes no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros”. “Replicó:
‘Con todo, te ruego, padre, que le envíes a casa de mi padre, porque tengo
cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan ellos también a este
lugar de tormento”. Le dice Abraham: “Tienen
a Moisés y a los profetas, que les oigan”.
El dijo: “No padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va
donde ellos, se convertirán”. Les contestó: “Si no oyen a Moisés y a los
profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite” (Lucas 16,
19-31).
Escoger... seleccionar... separar los buenos de los malos... Me pregunto ¿quiénes son los malos?
Afortunadamente no somos ninguno de nosotros jueces que dicten la sentencia. La
misericordia del Señor es inmensa y su omnisciencia es absoluta y perfecta. Él
sabe el origen y causas de las actitudes y conducta de cada uno. Sabe de su vida
y de su genética, biología y actividad neuronal. Yo no soy juez y el Señor
trasciende a toda creatura en sabiduría, amor y misericordia. Pero advierte: “Sean
misericordiosos… misericordia quiero, no sacrificios… Lo que hicieran a uno de
estos, los más pequeños, a mí me lo hicieron. Quien escucha ahora lo que dice
el Señor, está aún a tiempo de rectificar el camino hacia el amor.
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