jueves, 31 de julio de 2014

El Reino es como una red


Mateo 13, 47-53


Jesús dijo a la multitud “El Reino de los cielos se parece también a la red que los pescadores echan en el mar y recoge toda clase de peces. Cuando se llena la red, los pescadores la sacan a la playa y se sientan a escoger los pescados; ponen los buenos en canastos y tiran los malos. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: vendrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los arrojarán al horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación”.
 

Señor, cuando leo o escucho tus palabras, no me puedo quedar con una idea superficial de lo que dicen ni con lo que muchos han podido interpretar o creer. Me debo dejar guiar por tu Espíritu en mi corazón y esta guía siempre está fundamentada en el amor y sólo en el amor. Me siento atemorizada y horrorizada cuando leo o escucho hablar del fuego eterno y el llanto y la desesperación. La desesperación es un sentimiento de impotencia y de dolor, de no poder hacer nada ante algo terriblemente doloroso. Por otro lado, percibo en las palabras del Señor, su deseo de proteger a quienes han sufrido victimización, violencia, abuso, explotación y toda clase de maltrato. Y su aseveración certera de acabar con el sufrimiento y experimentar el gozo de la gloria de Dios por siempre para todos aquellos que fueron víctimas. 


llanto y desesperación… ¡Despierten! Arrepiéntanse y crean en el evangelio… Están aún a tiempo...

En la parábola del pobre Lázaro y el rico Epulón dice el rico: “Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama”. Pero Abraham le dijo: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora pues, él es consolado aquí y tú atormentado. Y además, entre nosotros y ustedes se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a ustedes no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros”. “Replicó: ‘Con todo, te ruego, padre, que le envíes a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan ellos también a este lugar de tormento”. Le  dice Abraham: “Tienen a Moisés y a los profetas, que les oigan”.  El dijo: “No padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán”. Les contestó: “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite” (Lucas 16, 19-31).


Escoger... seleccionar... separar los buenos de los malos... Me pregunto ¿quiénes son los malos? Afortunadamente no somos ninguno de nosotros jueces que dicten la sentencia. La misericordia del Señor es inmensa y su omnisciencia es absoluta y perfecta. Él sabe el origen y causas de las actitudes y conducta de cada uno. Sabe de su vida y de su genética, biología y actividad neuronal. Yo no soy juez y el Señor trasciende a toda creatura en sabiduría, amor y misericordia. Pero advierte: “Sean misericordiosos… misericordia quiero, no sacrificios… Lo que hicieran a uno de estos, los más pequeños, a mí me lo hicieron. Quien escucha ahora lo que dice el Señor, está aún a tiempo de rectificar el camino hacia el amor.


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