miércoles, 14 de mayo de 2014

Que se amen los unos a los otros

Juan 15, 17

Que se amen los unos a los otros...

Cuánto se habla del amor. Cuántas veces oí hablar del amor y del amarse unos a otros. Decir amar es una cosa y otra muy distinta es realmente amar. ¿Qué es realmente el amor? ¿Nos amamos en la familia? ¿Nos amamos en la comunidad? ¿Nos amamos en la Iglesia? ¿Nos amamos como familia humana? ¿Amamos el hogar que nos sustenta, Madre naturaleza? 

    ¿Sé amar? ¿Cuándo aprendí a amar? Sí, aprendí... cuando tuve hijos. Comprendí que amarlos era darles mi vida, entregarme a ellos, desear su mayor bien, comprenderlos, respetar su libertad cuando crecieron, darles testimonio de los valores en los que creo... Llorar por ellos, rezar por ellos... El amor se muestra en obras, el amor brota desde la raiz más profunda del corazón... Dice san Pablo en 1 Corintios 13: El amor es paciente, es servicial, el amor no siente envidia... Yo anhelaba entrar a la vida religiosa. No fue así y comprendo que el Señor quiso darme la oportunidad de aprender a amar. ¿Era tal vez un sueño romántico que no lograba comprender en integridad toda la entrega que requería? El tener hijos me enseñó... esto es el amor. El amor más parecido al de Dios, dicen y lo creo, es el amor de una madre. Amar a los demás como si fuera su madre... esto marca una gran diferencia. ¿Decir amar o amar con entrañas de madre? Amor de entrega y capaz de darlo todo como el de Cristo. Cada día tengo oportunidad de poner en práctica esta actitud y cristalizarla en obras. Cada día convivo con personas con todo tipo de necesidades. Amar es ser sensible a las necesidades de los otros, a sus sentimientos, comprenderlos, encomendarlos al Amor Infinito... y poner mis manos y corazón en ellos. Es inundarme del corazón misericordioso de Cristo y decir como Santa Faustina: Señor, transfórmame en tu misericordia... ... El amor dará sus frutos



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