Juan 6, 52-59
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»De carne y sangre está hecha la criatura humana. La carne y la sangre necesitan alimento y vida. Pero la carne y la sangre declinan y mueren. El alimento o pan que ha bajado del cielo es distinto. El alimento que Cristo nos da es Él mismo, Uno en el Padre y su Espíritu. Y el Padre, es dador de vida. El que come su carne y bebe su sangre habita en Él y es habitado por Él. Habitar... ser habitado y vivificado por Cristo... y aunque la carne perezca, Él la resucitará, volverá a la vida y habitará y permanecerá en Él y seremos habitados por Él. Vivir por Él, vivir en Él, poseer vida en Él. Dichosos los invitados a la mesa del Señor...
Dios mío, sólo sé que será una eterna comunión vivificante fundada en el amor más perfecto. En tu amor y en comunión, una permanente comunión en la que no habrá sufrimiento, ni muerte ni pecado porque no habrá ausencia de Ti, no habrá ausencia de amor, el Amor será nuestra eterna morada.
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