Me dice tantas cosas esta imagen de la roca. La roca es pesada, obstaculiza el paso, no deja ver la luz, encierra... obstruye, es difícil de mover... Esta metáfora me sugirió una reflexión. Por la mañana pensé en el amor de Dios y cómo lo tengo por cierto, pero mi afán y hábitos de autocrítica me impiden ver con claridad su amor y su misericordia porque siento que me mide como yo me mido. Esos hábitos y afán me obstaculizan ver que si Dios me permite ver mis errores, pequeñeces y fallos es para que me observe con transparencia y valore su amor y le siga más de cerca. No es para que viva autoreprochándome o autoculpándome. Creo que soy producto de una cultura de recriminación, reproche y culpabilización. Pero esto es como la roca pesada que impide ver la luz, la luz de la misericordia y del amor de Cristo, la luz del amor y la misericordia del amor del Padre y la guía de su Espíritu Santo. La cultura de la recriminación y culpabilización hacia el yo o hacia los demás es perturbadora y obstaculiza esa clara visión del amor de Dios, su misericordia y su perdón... para conmigo misma y para con todos los demás. Ese obstáculo pesado no deja ver lúcidamente, que como el padre de la parábola del hijo pródigo... sólo está esperando el retorno de su hijo, no para echarle en cara sus errores y pecado, sino para celebrar con él su regreso al Hogar del que se había alejado.
Juan 20, 11-18
En la lectio de hoy dos frases me nutren de nuevo de su amor. Refiriéndose a los ángeles: Ellos le preguntan: Mujer, ¿por qué lloras? Y luego Jesús también le pregunta: Mujer ¿por qué lloras? Esto me dice que a veces busco y me angustio sin entender que estás ahí.
Y luego dices: "Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro". Padre vuestro, Dios vuestro... Es nuevamente este amor que me conmueve, tu insistencia para que entienda: Sí, es Padre tuyo, Padre de todos y como el Padre perfecto les ama con su perfecto amor.
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