La vela encendida.
Mateo 5, 15-16
Una vela no se enciende para ponerla después debajo de una olla porque no daría ninguna luz y no alumbraría a los que están dentro de la casa. Una vela no se enciende por sí sola, es alguien que la enciende. La vela no está afuera, está adentro para que pueda iluminar la casa, el entorno de donde se coloca. Imaginaba esta escena con la vela afuera, a cierta distancia de mí. Pero de momento comprendí que la vela está a dentro y que para encenderla necesito de fuego, y que el fuego que la enciende es el fuego del amor de Dios. Pues como el fuego, el amor de Dios se propaga. Así que para encender la vela que hay en mi interior y no afuera, necesito estar consciente del amor de Dios, creer en él y confiar en él, en este amor infinito que sabe amar sin límites. Tener la conciencia y la certeza de ese amor, presentirlo, reconocerlo, dejarse amar, acoger con ternura y calidez. Tal calidez que se presiente, envuelve, acoge. Conciencia, fe, Eucaristía, Palabra y silencio sencillo y humilde y confiado en su entrega total para dejar permear está luz de su amor. Es dejar que la vela de mi interior sea encendida por el fuego divino del Amor, y así, esta vela podrá alumbrar en el entorno.
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